*Por Jorge Joury

El próximo domingo, los argentinos habremos dejado atrás una campaña mediocre e insustancial. Las PASO no definirán candidaturas, pero servirán para configurar un escenario. Mostrarán un estado de situación certero, pero no definitivo. Entre el 12 de agosto y el 27 de octubre pasarán 75 días. Tiempo más que suficiente para revertir o consolidar la foto que surja de las primarias. 

Una de las curiosidades, es que en la recta final el Gobierno salió a pedir con desesperación el voto. Los números de las encuestas que solicitó Durán Barba no le cierran. La Casa Rosada necesita sumar de manera imperiosa todo lo que se pueda para octubre. Para ello, Macri insiste con la bandera de «apostar al futuro y dejar atrás el pasado». Y en un acto partidario en las últimas horas, hasta señaló aludiendo a sus primeros años de gobierno en la ciudad de Buenos Aires: «no se inunda más carajo». Pero el Presidente no puede ocultar que la economía hace agua desde hace tiempo y siembra malhumor social. Desde la orilla de la oposición, replican con los números crudos de la realidad, esperando con ansias el voto bolsillo. En medio de este panorama, existe un signo de interrogación con más de dos millones de indecisos. Son los que pueden definir la elección. Pero tampoco se puede ignorar los otros dos grupos clave. Son los más de 4 millones de argentinos que pueden votar pero no están obligados. Los jóvenes entre 16 y 18 años (aproximadamente 1,2 millón de electores), y los mayores de 70 (más de 3 millones). El primer grupo es más afín a la oposición y el otro, más cercano al macrismo. Lo cierto es, que el que llega al 45% gana. Todas las encuestadoras hablan de un 80% de polarización entre las dos fuerzas antagónicas. Será una suerte de Boca-River, que por la paridad que auguran las encuestas, hasta se puede definir a los penales.

FENOMENO QUE NO SE VE HACE 20 AÑOS

Los politólogos especulan con que podría repetirse un fenómeno adormecido hace 20 años: que entre los dos principales candidatos presidenciales sumen más de 80 puntos. Desde que Fernando de la Rúa venció a Eduardo Duhalde en 1999 esto no ocurre.

La provincia de Buenos Aires volverá a ser factor determinante. Como sucedió en 2015 cuando el sorpresivo éxito de María Eugenia Vidal catapultó al Presidente. Quien gane la gobernación del principal distrito electoral inclinará la balanza en favor de Macri o de Alberto. Nadie visualiza con los datos en la mano, la posibilidad de una alquimia: que Buenos Aires pueda llegar a tener un signo político distinto al que termine imperando en el plano nacional.

Vidal es la pieza clave que puede sumarle votantes a Macri. La única que puede alterar el escenario a favor del oficialismo en el distrito y en los sectores donde el kirchnerismo es más fuerte. Por eso, el macrismo le enciende velas y la eleva como su carta de salvación. De allí, que el kirchnerismo le pega para debilitarla o para atenuar los atributos que el electorado bonaerense ve en ella. Desde el equipo amarillo reconocen que hay mayor dramatismo para la gobernadora, porque su proceso electoral no prevé balotaje. Si ella queda anclada a la peor imagen de Macri en el distrito y pierde por un voto en primera vuelta con Axel Kicillof, deberá cederle el sillón de Dardo Rocha.

Alberto y Cristina son amplios favoritos en la Provincia, y la pelea Vidal-Kicillof se plantea más pareja. Es decir, el empuje de la gobernadora debería ser contundente para ser reelecta. Pero más allá de cómo termine su puja provincial, los votos que ella pueda sumarle a Macri, sumados a los de  Rodríguez Larreta en el escenario porteño, serán fundamentales para la batalla presidencial. La duda es cuánto representarán.

NO HAY DOS PAISES, PERO…

Mientras tanto, la gente está poco expectante por la falta de propuestas. Educación, salud, pobreza, moneda, gasto público, exportaciones, productividad, respeto a la ley, son asignaturas pendientes de la democracia argentina que ningún gobierno pudo resolver en las últimas décadas. Quizá solucionar estos problemas de fondo sea el punto de inflexión al que debemos aspirar, en lugar de inculcar temor al pasado populista como hacen los intelectuales del Gobierno o superar la restauración conservadora, como claman los científicos kirchneristas. Es preciso entender que no hay dos países, «el bueno», que es el de los míos y «el malo», que es el de los otros. Existe uno solo, con déficits históricos y estructurales dramáticos que deben resolverse a través de políticas de Estado consensuadas, según sostiene el politólogo Eduardo Fidanza.

No obstante, nadie exhibe en la vidriera ofertas para resolver estas cuestiones en el largo plazo. Los bandos en pugna quieren triunfar, por sobre el cadáver del otro. En el fragor de la batalla no piensan que para resolver el futuro negro de la economía por el endeudamiento, habrá que buscar grandes acuerdos a futuro, gane quien gane. Es la única manera para salir del pozo.

Mientras tanto, en la Casa Rosada se muestran entonados por el suave pero sostenido reposicionamiento de Mauricio Macri. En los laboratorios amarillos las energías están puestas en que todos vayan a votar y ruegan que el servicio meteorológico el domingo no los traicione con lluvias torrenciales. A mayor participación, aumentan las chances para el oficialismo. Muy especialmente en la provincia de Buenos Aires, donde el kirchnerismo mueve con inusitada fuerza a la militancia. No pueden permitirse el lujo de esperar que la participación suba al 80% en octubre como ocurrió en 2015. El propio Presidente disparó que: «No es una elección más. Es ahora o nunca».

La fuerte apuesta de Juntos por el Cambio es romper el récord histórico de participación ciudadana en las internas abiertas para acercarse lo máximo posible al kirchnerismo y posicionarse así para los comicios generales de octubre.

A PESAR DE TODO, MACRI ES COMPETITIVO

El escenario es de ultrapolarización. Se supone que el 80% ya ha decidido, y con una diferencia que parece estrecharse. Frente a esta postal, las PASO devienen en una virtual y dramática primera vuelta.

Por estas horas, todas las encuestas, las del gobierno y de la oposición, muestran el enorme descontento de los ciudadanos con el desempeño de la economía. Para la Casa Rosada no pueden ser peores los números en esta materia: caída de la actividad económica y del consumo, aumento del desempleo, cierre de miles de pymes y comercios, incremento de la pobreza, endeudamiento externo y sobre todo índices de inflación que no se registraban desde hace muchos años. Sin embargo, el proyecto electoral de Mauricio Macri todavía es muy competitivo y hasta puede ganar las elecciones en el mes de octubre, sostienen algunos encuestadores. Ponen como ejemplo lo que ocurrió con la reelección de Carlos Menem.

DE LA VEREDA DE LOS FERNANDEZ

Hasta aquí, la campaña ha mostrado muchas particularidades. La del Frente de todos, es errática y bipolar. Definitivamente confusa. Cristina lidia consigo misma tratando de mantener a raya su natural impulso confrontativo. Sin demasiado suceso, despliega un pretendido modo de moderación, aunque de tanto en tanto se va a al pasto.

Alberto Fernández, en cambio, pasó de la ingrata tarea de intentar neutralizar las desbocadas declaraciones de los fundamentalistas K, un activo tóxico que no logra aplacar con buenas maneras, a perder la apostura tratando de esquivar respuestas acerca de cómo pasó de la furiosa oposición al kirchnerismo a ser candidato de CFK. El asunto lo terminó enredando en horribles refriegas con los periodistas. Fatigado por estos traspiés, pega el volantazo discursivo echando mano a la economía y se mete en otro berenjenal.

En la arremetida hace promesas de cumplimiento que muchos suponen imposibles y vuelve a toparse con preguntas fastidiosas. Consultado acerca de cómo financiará el aumento del 20% a los jubilados, dice que dejará de pagar los intereses de las Leliq. En el oficialismo se da por descontado que Fernández apostó a generar inestabilidad económica en los días previos a las PASO. Otro bocadillo que Alberto le sirvió en bandeja a la oposición, fue el caso de Sandra Pitta, la científica que dijo sentirse amenazada por sus palabras en un acto,  

LA COMPLICADA RUTA DE KICILLOF

Mientras tanto, con los números a favor, y una muy fuerte diferencia en la populosa tercera sección electoral, Axel Kicillof, un candidato súper competitivo que retiene todos los votos del Cristinismo, tampoco la tiene fácil.

 Al ex ministro de economía K le toca lidiar con los que se van de lengua naturalizando las peores escenas de la violenta política bonaerense. El caso de Fernando Gray, intendente de Esteban Echeverría, quien, en tren de banalizar las amenazas denunciadas por María Eugenia Vidal, aseguró que a él lo amenazan y lo tirotean de tanto en tanto y no anda haciendo aspavientos por los canales como Vidal, que vive en una base aérea porque le dejaron «un cosito así», en alusión a un cartucho de escopeta que le dejaron en su casa de Castelar. Horrible.

En el oficialismo se celebran estos dislates. A Axel «le desarman todo el tiempo la campaña», comentan.

En las últimas horas, un municipio PRO de la provincia de Buenos Aires recibió datos de una encuesta que marcan la volatilidad del escenario y la cantidad de variables abiertas que pueden definir el comicio. Ante la pregunta de a qué candidato presidencial votarán el próximo domingo -sin consultar por la categoría intendente ni gobernador-, los encuestados respondieron que 40% votará a Fernández y 34% a Macri. Cuando se consultó sólo por la categoría a gobernador, Kicillof sumó 43% y Vidal 42,7%. Pero lo más llamativo fue el resultado ante la consulta de qué boleta completa votarían, donde también se registró un virtual empate. Los intendentes del PJ manejan números similares que exhiben una neta superioridad de Alberto Fernández en provincia de Buenos Aires, pero casi un empate en la elección a gobernador. 

A todo esto,  las primeras espadas de Vidal hablan de un escenario mucho más favorable que unas pocas semanas atrás. No compran el optimismo de las consultoras que la ubican solo dos puntos abajo, sino que piensan que aún con cuatro tienen todo dado para llegar bien a octubre. No es resignación sino realismo. Tampoco creen poder aspirar a un corte de boletas por encima de los 6 puntos como ocurrió en octubre de 2015, pero no descartan en entre el 2% y el 3% de los votantes bonaerenses peguen un tijeretazo en la papeleta electoral.

El corte de boleta fomentado por intendentes o candidatos locales en busca de asegurarse una victoria es un clásico en cada elección. No obstante, esta vez en territorio bonaerense, el reparto de boletas cortadas de un candidato municipal combinado con distintas opciones provinciales y nacionales, por ahora, no aparece como tema de preocupación en el macrismo y el peronismo, que le asignan una baja incidencia en las PASO. En ambos bandos entienden que esa práctica pesará más en las generales de octubre.

Las picardías electorales también son otra de las postales de esta campaña. El delivery de papeletas incluye una novedad: las boletas plegadas. Una suerte de creativo origami, que de acuerdo a cómo se aplique el doblez termina ocultando la imagen de Mauricio Macri, una figurita que en el caso del conurbano lejos está de ayudar.

LOS TERCEROS EN DISCORDIA

De lado de las terceras fuerzas en disputa, lo que propone Roberto Lavagna es esperanzador, pero no suma como para entreverarse en la pelea. Afectado por otro teorema, el de Baglini, que cuanto más lejos se está del poder, más livianamente se hacen promesas políticas, el candidato de Consenso Federal baja consignas irresistibles. La idea es «poner plata en el bolsillo de la gente». Propone consumo e inversión. Todo muy tentador .

Jose Luis Espert, mucho más pragmático y consecuente con su ideario, habla de «desembolso en especies para los que no quieran trabajar». Nada de planes sociales ni cosa que se le parezca. Así es poco probable que sume caudal electoral. Asfixiados por la creciente polarización, terceras y cuartas fuerzas, suman empeño en los últimos días hacia las primarias. Saben que después del 11 de agosto vendrán por ellos a desguazar lo mucho o poco que hayan podido acumular.

El próximo domingo sucederá algo extraño en la Argentina. En apariencia, se realizarán elecciones. Pero no se elegirá nada. Esas elecciones, en teoría, sirven para resolver las candidaturas de cada partido, pero eso ya está resuelto porque hay un postulante por cada uno de ellos. Se podrían haber suspendido y no pasaría nada.

Sin embargo, de las urnas saldrá un resultado. Y de ese resultado se podrá deducir si Alberto Fernández logra una distancia indescontable –siete puntos, por ejemplo– o si todo terminará en una segunda vuelta de resultado sumamente incierto. Esa diferencia es la que resulta muy complicado de pronosticar porque no se puede saber la potencia del efecto Vidal o, en menor medida, Rodriguez Larreta. 

La principal incógnita para los politólogos, es si la luz que irradia Vidal, sigue tan potente o fue debilitada por la pertenencia de la gobernadora a un proyecto cuya gestión económica es rechazada, con justicia, por una enorme mayoría. Esa duda es la que altera los nervios de los principales encuestadores.  

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Para consultar su blogs, dirigirse al sitio: Jorge Joury De Tapas.    

Jorge Joury