El capricho de Mauricio Macri por mantenerse vivo en campaña y querer meter miedo con la vuelta del kirchnerismo, ha activado los mecanismos de una bomba de tiempo que puede ser letal para su propio futuro. Por estas horas,  la desestabilización financiera y cambiaria está paralizando la economía. No solo la desconfianza de los inversores se disparó a la par del dólar estadounidense, sino que el Riesgo País ya alcanzó los 1.709 puntos y se ubica en su nivel más alto en una década, superando incluso el número récord al que arribó el lunes pasado. Macri se reunió en las últimas horas con sus ministros y escuchó las críticas que le hicieron a sus declaraciones del lunes. Finalmente, se acordó como estrategia mandar un mensaje optimista: «Tenemos la responsabilidad de gobernar hasta el 10 de diciembre de 2019, así que vamos a ser serios, pero tenemos una chance de ganar y lo vamos a intentar con todas nuestras fuerzas».

Macri está tratando de salir del shock emocional donde planteó inexplicablemente que es él o el caos. Y lo peor, es que pueden pueden darse las dos cosas juntas. El Presidente alertó incluso sobre posibles peores tormentas si el resultado, como casi todo permite presumir, se repite en octubre. Innecesaria apelación al miedo que pone al descubierto su debilidad de comando. Este escenario de dislates, ha hecho que tiemblen los tenedores de bonos  en todo el mundo. Si bien es cierto que no existen temores de un corralito, ni la posibilidad de un default, el influyente diario británico Financial Times le puso a Macri fecha de vencimiento, señalando que los inversores creen que se le acabó el tiempo.

No obstante, en una brazada desesperada, el Presidente se reunió en las últimas horas con su ministro de Economía, Nicolás Dujovne. Le pidió que prepare de manera urgente una batería de iniciativas que sirvan para paliar los efectos económicos causados por la corrida en los mercados y a su vez descongelar la frustración de la clase media que le dio la espalda.

Entre las medidas en danza, se encuentra una suba en el mínimo del impuesto a las Ganancias, refuerzos a las partidas sociales, beneficios para los jubilados, créditos subsidiados para las pymes y facilidades de pago de los impuestos, entre otras. La suba de las retenciones a las exportaciones agrarias sería nuevamente el mecanismo elegido para financiar el aumento del gasto.

La suba del piso en el pago de Ganancias se supone podría llegar a unos $ 70.000 para el asalariado que no tiene carga de familia aunque esta cifra fue la que en su momento indicó Miguel Ángel Pichetto.

Mientras tanto, sobre el escenario aparecen síntomas preocupantes que alteran el pulso ciudadano. Por ejemplo, el  propio vicepresidente de la Unión Industrial Argentina ( UIA), José Urtubey, le pidió a Macri que tiene que tener una actitud transicional, no tan parcial o agresiva y que «en vez de buscar culpas, hay que buscar soluciones».

Otro dato a tener en cuenta, es que no caigamos en un escenario de desabastecimiento, de lo cual ya hay algunas señales. Por ejemplo, debido a la inestabilidad del dólar, los molinos harineros comunicaron que no entregarán harina a las panaderías por algunos días, ya que no tienen un precio de referencia para la bolsa de 50 kilos. Además, las principales compañías alimenticias frenaron las entregas a supermercados chinos, autoservicios mayoristas y almacenes, segmento que estaría desabastecido en sólo 48 horas. Otras subieron un 20% los precios, buscando equiparar con el dólar. Y hubo comerciantes que decidieron bajar sus persianas para esperar las nuevas listas de precios. Los especialistas sostienen que esta nueva devaluación va a generar a la brevedad otro medio millón de pobres.

Para los que siguen de cerca la dinámica financiera, las decepcionantes palabras del Presidente redoblando la apuesta electoral pero, sobre todo, tomando a las variables financieras como rehenes de la campaña política, han generado mayor intranquilidad. Esto implica para un sector importante del denominado círculo rojo,  que el Gobierno ha perdido reflejos políticos y que, llegado el caso, podría cometer la imprudencia de provocar mayores daños para que ese escarmiento sea utilizado como vector electoral. La paradoja es que la mayoría piensa en que más discursos como el del lunes podrían erosionar aún más el caudal político de Macri, haciendo la crisis más cercana aún y el deterioro político mucho más ostensible.

El tsunami electoral que se desplegó sobre los gobiernos de Mauricio Macri y de María Eugenia Vidal debe ser leído en clave política más que económica. La gobernadora, por la forma en la que reaccionó, da la impresión que digirió la derrota con mayor madurez. También lo hizo Horacio Rodríguez Larreta y la versión que corrió en firme ayer, es que ambos provincializarán la elección.

Hoy nadie duda, que la Argentina fue a las urnas en medio de una crisis fenomenal, que castiga desde hace más de un año con inflación, despidos, desempleo creciente, cierre de empresas y devaluación. Pero hay que tener en cuenta, que la oferta política opositora atractiva, ordenada y amplia fue lo que definió las PASO y, con certezas, el camino hacia un nuevo gobierno que ofrecía una esperanza para el bolsillo. Fue la política frentista del peronismo, lo que permitió dibujar en el horizonte de posibilidades una alternativa aceptable a la pobre gestión del presidente Macri y su «mejor equipo de los últimos 50 años».

Macri y su jefe de Gabinete, Marcos Peña, siempre renegaron de la política. «A la gente no le importa eso», repetían. Principalmente lo transmitían en boca del ex mago electoral devaluado Jaime Durán Barba, que quiso convencer a Macri que la gente confundía a Alberto Fernández con Aníbal y eso le jugaría en contra.

En esa dirección, ofrecieron planillas de excel, audios de WhatsApp, trackings diarios, mensajes segmentados, desprecio y demonización hacia cualquier cosa que oliera a peronismo. Incluso por los peronistas de Cambiemos que, con la incorporación de Miguel Pichetto, sintieron que podían por fin hacer algo tan pequeño como cantar la Marcha. Ofrecieron encuestas engañosas. Muchas que pronosticaban un final parejo y hasta positivo para el presidente Macri. Una muestra de ello, fueron las que publicaron el viernes los diarios Clarin y La Nación. Encararon operativos de seguridad destinados a la opinión pública, y hasta apelaron al apoyo de Donald Trump y de Jair Bolsonaro. Pero además, el menú se condimentó con grieta pura. Polarización y gritos como «no se inunda más, carajo». Pero de política nada. A tal punto le erraron, que renegaron de Emilio Monzó, el presidente de la Cámara de Diputados que más consensos les acercó y hoy está siendo tentado desde la orilla del Albertísmo.

En ninguna de las crisis, el presidente Macri hizo uso de las herramientas que le podría haber ofrecido la política. No buscó ampliar ni su base política ni su base electoral. No oxigenó el gabinete, no convocó al dialogó con referentes por fuera de su frente electoral. Ni la suma de Pichetto le acercó una gota de expectativa. De poco se ha servido de la experiencia del senador rionegrino, que se pasó la conferencia del lunes intentando atajar penales. Pero terminó provocando un gol en contra del Presidente, cuando ante el comentario de Pichetto sobre que los cargos ejecutivos se definirán de verdad en octubre, Macri puso la frutilla del postre diciendo: «Esta elección no sucedió».

Dos mensajes dejó Macri, casi 24 horas después de su peor derrota electoral: los electores son estúpidos que se autoinflingen un daño al decidir respaldar masivamente al peronismo. Y el que debe hacerse responsable de la inestabilidad económica que signó el lunes poselectoral es el kirchnerismo.

En este marco, la que viene será una transición con espinas si el Presidente no acepta que su derrota y las consecuencias crecieron al calor de su gestión de gobierno.

Por las señales que se han emitido, queda claro que el candidato Macri políticamente ha elegido morir con sus botas puestas a la hora de priorizarse electoralmente. «Yo los traje, conmigo se van». El futuro del PRO está seriamente comprometido a quedar acotado a una isla porteña, en medio de un océano de aguas azules. Hasta el radicalismo fue arrastrado por el alud de votos y ahora deberá pensar que ya no puede perder más. Tendrá que asumir con valentía una autocrítica. Entender, que el agua y el aceite no pueden juntarse y tratar de recuperarse desde sus raíces.

También la lectura política permite poner en foco que el domingo a la noche el presidente Macri desaprobó en su rol de líder. No por perder, los líderes también pierden elecciones. Sí, por no emitir una sola señal hacia la ampulosa mayoría que ganó. Es de manual, que un líder democrático saluda al otro. Como lo hizo rápidamente Roberto Lavagna a Fernández. Macri lo había vivido en carne propia, pero repitió la conducta de Cristina de Kirchner cuando se ausentó a la hora de entregarle los atributos a su sucesor.

En tiempo de descuento, el Presidente está a tiempo de trabajar en su fuero íntimo que el domingo en las urnas la ciudadanía castigó tres años de soberbia optimista. De recesión imparable, de apriete y angustia, de sofocación donde la inflación impedía llegar al presupuesto a fin de mes. Tres años sin autocrítica, sin pedir la ayuda de la oposición, ni mostrar sensibilidad ante el aumento de la pobreza, pese a las promesas permanentes de que ganaríamos el paraíso y llegaríamos a la tierra prometida de los brotes verdes si seguíamos con las recetas de la Casa Rosada, el FMI y los consejos de Donald Trump. Lo que apuntamos, son demasiados contrapesos. Será difícil abonar de manera fértil en estos 71 días que faltan para octubre, las tierras amarillas del ¡Si se puede!. De todas maneras, en el país de las sorpresas los imposibles no existen.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Para consultar su blogs, dirigirse al sitio: Jorge Joury De Tapas.    

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