Hasta el viernes previo a la elección, Clarín, La Nación, Canal 13, Radio Mitre y el coro de medios oficialistas, marcaban a fuego la paridad y la polarización de los dos principales candidatos.

Y de paso, abonaban la teoría de que los mercados estaban convencidos en una victoria de Mauricio Macri. Virtualmente planteaban que sxe imponía la teoría de él o el caos.

Pero esta vez, contra todos los pronósticos que se disparaban para ranquear informativamente al equipo amarillo, la taba se dio vuelta de manera brutal, generando un aluvión de votos contrarios al oficialismo que nadie preveía.

La foto del día después, mostró entonces a varios comunicadores amigos de la Casa Rosada heridos de muerte y a las encuestadoras, las otras grandes perdedoras en la bochornosa gesta editorial, escondidas en el tercer subsuelo.

El periodista Jorge Rial, fue uno de los primeros que salió denunciar con fuerza los efectos del mal trago de la orquesta mediática. “Más que de la fuga de capitales, estoy sorprendido y preocupado por la fuga de periodistas oficialistas en el día de ayer”, planteó en su cuenta de Twitter. “Duraron menos de 24 horas en su condición de “independientes”.

Todos acompañaron al cajón hasta la puerta. Nadie entró”, arremetió el conductor, al que le faltó mostrar la foto del cementerio.Para rematar, Rial señaló: “Eran el mejor equipo de los últimos 50 años. Mauricio Macri tenía algo de Mandela. Era un presidente de otra galaxia. El mejor presidente de la democracia. Si. Todo eso dijeron. Sin ponerse colorados”, les reclamó a sus colegas.

Hay que reconocer, que el Gobierno con singular destreza en estas cuestiones y generosa pauta publicitaria, manejó el escenario con destreza hasta último momento y trató de imprimir su propio diario de Yrigoyen. Pero se quedó sin poder poner la rotativa en marcha.

La gente no se comió las decenas de encuestas falsas que se distribuyeron. Tampoco las planillas de excel que se ofrecieron, audios de WhatsApp, trackings diarios, mensajes segmentados, desprecio y demonización hacia cualquier cosa que oliera a peronismo.

Incluso por los peronistas de Cambiemos que, con la incorporación de Miguel Pichetto, sintieron que podían por fin hacer algo tan pequeño como cantar la Marchita. Además, encararon operativos de seguridad destinados a la opinión pública con grandes titulares.

Y hasta apelaron al apoyo de Donald Trump y de Jair Bolsonaro para darle fortaleza económica al menú del oficialismo, condimentado con raciones de grieta pura, polarización y gritos, como el estrepitoso «no se inunda más, carajo».

Pero la realidad terminó poniendo un título catástrofe en la primera plana de las urnas, que dieron cuenta de  una paliza histórica para la Casa Rosada.

De esta manera, Marcos Peña y sus socios fraternos de la corporación mediática, incluidos algunos de los más notorios conductores de radio y TV y los columnistas de los portales «informativos» más visitados, terminaron naufragando desnudos en la isla inhóspita de la desesperanza. No es bueno que el gobierno pasado haya construido un 6,7, 8 para denostar a periodistas opositores, como tampoco que algunos comunicadores al servicio del oficialismo actual se dedicaran a sembrar el miedo con el fantasma de Venezuela, como alertando que si ganaba el peronismo se inauguraría el «ministerio de la venganza».

No hicieron otra cosa que ponerse irresponsablemente al servicio del Gobierno para ensanchar la grieta. No voy a dar nombres, ni iniciar una cacería de mendigos de la pauta oficial, porque todos sabemos quienes son, porque los vimos golpearse el pecho con sus reflexiones, olvidando que una de las reglas básicas de la prensa es asumir el rol del contrapoder.

En su moraleja, esta elección recrea el divorcio profundo entre «la gran prensa independiente» y el conjunto de la sociedad, vilmente sazonado por el aditivo tecnológico de que las tendencias en las redes digitales tampoco sirvieron de oráculo para torcer el resultado de una sociedad agotada por tarifazos y la desesperanza y que terminó hablando con el bolsillo.

En mi larga carrera profesional, desde el advenimiento de la democracia en 1983 a la fecha, puedo decir que ningún gobierno gozó de las mieles del éxito, como lo hizo el de Mauricio Macri.

La figura presidencial fue edulcorada  con el fervor sincronizado de la élite de «líderes de opinión», aunque algunos de ellos pidieron disculpas el día después, argumentando que no vieron venir los efectos de la crisis. 

El grito de la sociedad en las urnas, condenó con energía a la runfla de opinólogos. Lamentablemente, muchos de ellos rifaron su credibilidad, pontificando las bondades del macrismo y condenando el pasado sin separar la paja del trigo.

Fabricaron el paraíso artificial de «la nueva política», sin pensar que precisamente ese modelo estaba vacío de política. Además, no supieron leer que nada es eterno y que el barco se iba a pique. Esto me hace acordar cuando la revista Gente pidió perdón por haber apoyado a la dictadura militar. Lo mismo hicieron los diarios Clarín y La Nación y todos grandes medios de la época.

Todos ellos sobresalieron en sus esfuerzos por embellecer a los genocidas ante los ojos de toda la población. Luego repitieron en la guerra de Malvinas. Y ahora también deberán pagar sus dislates.

No obstante, hay que rescatar a los medios que no patrocinaron el relato oficial de los últimos cuatro años, pero que fueron castigados por el látigo inexorable de la pauta oficial y que hoy la están pasando muy mal. Muchos cerraron y dejaron a cientos de trabajadores en la calle, que aún peregrinan sin bajar los brazos para poder insertarse en este oficio. 

También hay que dar cuenta a la hora de hacer el balance que la grilla de las búsquedas en Google, el volumen de seguidores, contactos y conversaciones en las plataformas de redes sociales digitales, donde el gobierno invirtió recursos millonarios, también fracasaron como indicador de tendencias de voto, algo que ya había sucedido en las elecciones de abril en España.

No obstante, los laboratorios de trolls marcopeñistas no tomaron como ejemplo.

Tal vez sería bueno que de aquí en más, algo cambie y que no tengamos que leer varios medios, escuchar varias radios o ver programas de TV variados, para que nos cuenten definitivamente que la realidad es una sola y no la que se quiere vender a través de intereses comerciales.

De muchas cosas se puede volver cuando uno se equivoca, menos del ridículo de haber mentido adrede y engañado a la gente.La batalla cultural y por la información calificada, es la más difícil de dar. Debe construirse todos los días, cueste lo que cueste. La conquista del sentido común es cotidiana y nunca termina.

Debe ser más perdurable que el éxito electoral. Siempre habrá bajada de línea departe de los dueños de los medios, pero hay que hacerles saber que solo con la verdad se resguarda el prestigio, el sistema democrático y se construye el futuro de una nación sólida.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Para consultar su blogs, dirigirse al sitio: Jorge Joury De Tapas.    

Jorge Joury